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10 Nov 2017

La dignidad de vivir como un "Gaiato"

La dignidad de vivir como un 'gaiato'

 

Niños en la Casa do Gaiato, en Mozambique

En Casa do Gaiato son 160 de familia para desayunar, comer y cenar. Para vestir, ir al cole o comprar cepillos de dientes. Es una suerte de gran familia formada por niños huérfanos o recogidos de la calle.

Las dos últimas guerras de Mozambique, la de la Independencia y la civil, han dejado un país mutilado y a casi dos millones de niños sin padres. Una cuarta parte de ellos son, además, hijos del SIDA, ese maldito bicho que está carcomiendo el continente africano. De hecho, los índices de VIH en Mozambique es de los más altos del mundo y la transmisión suele ser “vertical” de madres a hijos.

A una hora de Maputo, en el sur del sur de Mozambique, hace 25 años se levantó una edificación cuyo terreno fue donado por el estado mozambiqueño. Desde lejos se distingue por la alta techumbre de paja negra, tan africana, de la capela (iglesia). Se llama Casa do Gaiato que, en portugués, significa “travieso”, una institución benéfica que nació en Portugal y que recoge a unos 160 chicos, de entre 3 y 20 años, sin padres, rechazados por los suyos, en riesgo de exclusión o en situación de vulnerabilidad. La Casa recibe ayuda económica de Portugal y, sobre todo, de España.

Quiteria Torres, la "madre" de 160 gaiatos

Todos los llaman mamá porque, para muchos, es la única madre que han conocido pero ella no ha parido a ninguno de esos 160 gaiatos. Sin embargo, los quiere, cuida y regaña como si los hubiera llevado en su vientre. Quiteria Torres es quien dirige, con mano firme, el orfanato. Esta brasileña y antigua religiosa es capaz de firmar el cheque de la compra mientras besuquea a uno de esos meninos.

"Nuestra filosofía es que estos niños se sientan en casa, que éste sea su hogar y todos nosotros su familia”, afirma a Rtve.es.

Como una madre más, le preocupa la educación de sus menores, por eso cada noche repasa deberes y cuadernos pero lo que le quita el sueño es “no llegar a fin de mes”. La directora confiesa que están “en número rojos”, porque mantener a esta familia de 160 miembros entre alimentación y educación cuesta unos 15.000 euros al mes. “Eso sin contar con los imprevistos que pueden surgir como en cualquier hogar”, añade.

Taller de costura en Casa do Gaiato

“Lo que más me angustia es que un día el presupuesto no nos alcance para cubrir el mes”, asegura la directora. En el orfanato están acostumbrados a hacer equilibrios a la hora de ir al súper o de encender solo la luz cuando ya es noche cerrada para ahorrar. El dinero de las subvenciones y donaciones se ha reducido debido a la crisis y “a veces hemos tenido que pedirle prestado a una amiga donante que no nos cobra intereses”, reconoce Quiteria.

"Me encanta mi familia aquí"

Jossías Timoteo Sambo es un joven de 16 años, alto y de sonrisa espléndida, que llegó aquí hace siete años. Reconoce a Rtve.es que, al principio, "lloraba mucho y pensaba en huir, solo quería estar con los míos”. Le costó varios meses adaptarse a su nuevo hogar. No conoció a su padre, y su madre le crió hasta donde pudo. “Ahora me encanta mi familia de aquí, la alegría que hay y me siento muy bien”. Hace unos meses fue nombrado Chefe Maioral de los internos, algo así como un delegado de curso que ejerce de hermano mayor del resto de los gaiatos.

Jossías Timoteo Sambo, de 16 años

Los 160 chavales duermen en seis pabellones distribuidos según su edad y, en cada uno de ellos, siempre vive un gaiato mayor que controla al resto para que hagan la cama, se duchen o hagan los deberes. Es filosofía gaiata: los mayores cuidan de los menores y éstos de los más pequeños.

Aquí no les queda otra que asumir y compartir las tareas domésticas. Limpian y ordenan sus cuartos, friegan y barren el comedor y, según los turnos, van por la mañana o por la tarde a la escuela que también está dentro del recinto. Los hay que incluso han aprendido a coser, como César, de 15 años, que llegó aquí hace nueve. “Lo que más me gusta es coser las mochilas de mis compañeros”, asegura. De mayor le gustaría ser sastre.

En la otra máquina de coser está João Tomás de 14 años. Él no lo sabe pero lleva unos pantalones cortos “azul bata” con el anagrama de un hospital madrileño. Está practicando con un trapo viejo bajo la supervisión de Teresa, empleada de la Casa, que es quien zurce y recose la mayoría de las prendas descoloridas y gastadas que llegan en contenedores que la ONG Fundación Mozambique Sur envía una vez al año. No hay armarios en las habitaciones. No es necesario, nada es de nadie. Por las mañanas, se reparten pantalones, camisas y calcetines, según los tamaños.

Niños seropositivos

Pero entre los hermanos gaiatos, también hay unos 40 seropositivos. Mezclados en las habitaciones o en las mesas del comedor, conviven con normalidad con el resto. Nadie puede distinguirlos salvo cuando, por las tardes, acuden a la enfermería a recibir su ración diaria de antirretrovirales para no desarrollar la enfermedad.

Las instituciones los han rechazado debido al gasto y a la discriminación".

“En los últimos años han llegado más porque otras instituciones los han rechazado debido al gasto y a la discriminación” asegura Quiteria Torres. Niños que, una vez al mes, deben acudir al hospital de Maputo para revisiones médicas y que necesitan reforzar su alimentación. “En esta casa, no podemos diferenciar a unos de otros, a si que intentamos que la comida sea sana y nutritiva para todos”, afirma.

Como el resto de madres, Quiteria Torres, sufre cuando uno de sus gaiatos se escapa, suspende o no cuida de sus hermanos. Recuerda con dolor los que han muerto en estos 25 años de SIDA o incluso los que se han “torcido” por el camino. Ella lo que quiere para sus 160 hijos es “que vivan con dignidad”.

Ana Jimenez.

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