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01 Feb 2016

El reencuentro de Vasquinho y su madre

Uno de los lugares más transitados de Casa do Gaiato es el pequeño corredor abierto por el que se accede al despacho de Quiteria Torres,  alma mater del centro. Es sencillo y fresco,  ornamentado, con la complicidad de las plantas naturales que no se acobardan a pesar de la sequía.

Barullo de vida. Casa do Gaiato puede ser cualquier cosa salvo un lugar solitario.  En el trajín se cruzan trabajadores habituales, visitas, proveedores, colaboradores de la Fundación Encontro, asistentes sociales, familiares de los internos y, por supuesto, niños.

Este medio día cuatro personas llaman mi atención. Esperan pacientemente sentadas. Una mujer, dos chicos y una linda bebé vestida de verde esperanza. Podrían ser, o no, de la misma familia. Sabiendo como ahora sé el desenlace de la historia puede que mi primera impresión se distorsione. Tampoco hacen falta dotes de adivino o una bola de cristal para saber que  el tiempo allí no se malgasta. Del despacho de Mamá Quiteria nadie sale con las manos vacías y no hablo de lo material, aunque también.

La mujer apenas rebasa la treintena.  Uno de los chicos es adolescente, el otro está en vías de su propia revolución hormonal y la pequeña, que aún no camina, tiene el pelo curiosamente claro.  María José Castro, la otra mitad del alma de la Casa, me cuenta luego que el tono de sus rizos no denota exotismo sino desnutrición.

Ellas son Sauna y Alicia. Ellos, Vasquinho y Petrosse. Una madre y tres de los siete hijos habidos  con dos maridos. En la actualidad es doble viuda y para los efectos acaba de nacer. Vasquinho llegó a Casa do Gaiato con 2 años. Estudia 4º de la ESO y puede ser un buen futuro electricista.  Llegó a la Casa en 2001 cuando todos dieron a Sauna por muerta a manos de su primer esposo. Un tipo que la maltrataba sin pudor y que una noche cumplió con la amenaza de quitarle la vida, escudado por los celos.

PETROSSE SAUNA ALICIA VASQUINHO

Vasquinho creció huérfano de madre y con un padre asesino encarcelado, al fin, tras una fuga a Sudáfrica. Con seis años, el chiquillo explicaba sus terribles carencias parentales sin omitir detalles. El personal de Casa do Gaiato jamás  oculta a los muchachos lo casi siempre terrible de sus orígenes.  La familia paterna de Vasquinho,  una abuela y una tía,  culpa a la madre de todas las desgracias.

Volviendo al lugar del crimen, días después de la desaparición de Sauna, un reguero de sangre, jirones de ropa y una tumba en el monte que la policía no examina por el desorbitado coste de la exhumación, confirman las peores sospechas. Todos convienen en que Sauna Xivule yace allí.

Terrible crimen machista. Los humildes vecinos de la aldea de Massaca se manifiestan contra  el asesinato. El tiempo pasa y Vasquinho crece siendo un muchacho especial, uno de los que más huella deja en Casa do Gaiato.

Hace dos años Quiteria habló con María José: “Dice Vasquinho que su madre está viva”.

Hay que creer en los milagros, y no hablo de una resurrección. La noticia se propaga por la zona. También la duda. ¿Será verdad o puras habladurías?  Cuesta dar el primer paso pero Quiteria y María José no son de esas mujeres que dejan lo importante al albur del destino. En la aldea de Moamba, una mujer que podría ser Sauna, ha relatado en la Iglesia cómo huyó de la muerte dejando abandonados forzosamente a sus hijos.

Quiteria alienta un encuentro. Vasquinho acepta. La familia paterna, finalmente, también. Hace dos días que el chico conoció a su madre.

Esta misma mañana ha presenciado cómo Almerinda, la deliciosa enfermera que trabaja en Massaca con la Fundación Encontro,  traduce del changana al portugués las palabras de Sauna explicando cómo esquivó a la muerte.  Sauna contiene el llanto a duras penas, Almerinda, a veces, no.

Con una serenidad pasmosa, Sauna va relatando cómo se zafó de su agresor. Con la ropa destrozada, el cuerpo magullado y el pelo bestialmente arrancado del cuero cabelludo a golpe de catana.  15 días de éxodo desorientado, sin comer y exprimiendo fuerzas de mísera flaqueza. Despreciada por quien se cruza en su camino y la considera una indigente perturbada. Temerosa de ser vista, de volverse a cruzar con su marido, de que la policía no la quiera creer.

Por fin, en la ciudad de Matola,  da con una mujer que le tiende una mano. Sauna está embarazada de dos meses. Decide irse a Moamba, su aldea natal. Al año conoce a su segundo esposo, que ahora acaba de morir. Tiene cuatro hijos más.

Cuando Sauna da por acabado su brutal relato, Quiteria interviene pensando en el futuro de los chicos, especialmente de Vasquinho.

- “Vasquinho, ¿quieres ayudar a tu madre?”

- “Puedo”, responde. “Aprendí electricidad, aquí en la Casa.  Podría  buscar un trabajo”.

A la reunión también asiste Alberto Magia, antiguo profesor de Casa do Gaiato y ahora jefe de estudios en el centro Malangatana.  Convienen en que lo mejor es que Vasquinho acabe sus estudios.

Quiteria les ofrece un dinero para comer bien al menos unos días. Salimos del despacho e inmortalizamos el encuentro. Vasquinho cambia por unas noches su confortable cama en Casa do Gaiato por el lecho de la choza, cerca de su madre. Su generosa sonrisa en cada foto nos anega el corazón.

Alicia  se entretiene con un chupa chups de fresa. Sí, es una niña feliz.

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