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18 Jul 2016

Gaiatos en Massaca

 

El plan de esta mañana no puede ser más gustoso. Lino, Paulo Miki, Alexander y José Cidaria, cuatro gaiatos vestidos con el uniforme de la escuela, me guían por las calles de la aldea de Massaca, recorriendo el hoy de lo que fue su ayer. El pasado de los chicos recibe en Casa do Gaiato tanta atención como su presente. Uno ha de saber de dónde viene para dirigir mejor su vida. Son cuatro chicos felices que sueñan con dedicarse al fútbol, la mecánica, o incluso ser policías. De momento son buenos estudiantes, que aprovechan lo que obtienen, y se sueñan a sí mismos como adultos, con familia y casa propia, viviendo en la que consideran su aldea. Justo lo que no han tenido.

 

LINO_Y_FAMIIA.jpg


Lino tiene 16 años y está en octava clase. Llegó a Casa do Gaiato muy niño, muy enfermo y prácticamente abandonado, a pesar de tener una familia bastante numerosa. De aquella mala salud nos habla, con desconocimiento, un tío del chico que parece ser cabeza de la prole que Lino nos presenta esa mañana: tres de sus diez hermanos, una cuñada, media docena de primos, su sobrinito bebé, de nombre Toni, varios tíos, y una madre no biológica. Podría no ser exactamente así porque los árboles genealógicos en África son puros jeroglíficos.

 

LINO_Y_TONY.jpg


Arranca el paseo cuando dos chiquillas, tan sorprendidas como nosotros, saltan de la estera colocada en el suelo, para fundirse con Lino en un abrazo. El gaiato, emocionado, se deja querer. “Son mis primas”. Están cuidando de Toni, un lindísimo bebé que Lino coge en brazos ejerciendo por un momento de orgulloso tío. Enseguida llegamos a otra casa. El patio está atestado de gente, y la aparición del chico se festeja con bastante entusiasmo. Sí, son los mismos familiares que no supieron buscar un tratamiento para Lino, seropositivo entonces y sano ahora, gracias a los cuidados que recibió en Casa do Gaiato.

“Estaba muy enfermo”, dice su tío. “No sabíamos de qué, pero no crecía, no engordaba…”
Los suyos le miran ahora con inevitable orgullo, aunque la gran mejoría de Lino no ha sido su obra. Pienso que de estar en su lugar, los celos me matarían por no poderle disfrutar. Ellos se conforman con expresar su gratitud, tantas veces como caben en el rato que dura nuestra visita. Con Lino nos queda aún por conocer otra vivienda.

 

LINO_EN_SU_HABITACION.jpg


Ésta es una casa grande, con un salón comedor bien equipado, un frigorífico y dos televisores, tres dormitorios, bastante bien amueblados, un porche amplio, patio trasero y garaje. Una de las estancias fue la habitación de Lino, un buen estudiante que quiere ser futbolista, y regresar a Massaca con su futura familia, en una casa que piensa diseñar a su manera.

 

LINO_Y_FELISMINA_MADRE.jpg


Felismina tiene 49 años. Está sentada en la puerta cortando unos pepinos para hacer una ensalada. No es verano en Mozambique, pero para muchos europeos el olor del pepino es indicador del puro estío. Lino nos cuenta que sin ser su madre biológica, es a la última mujer que llamó mamá. Sigue siendo esposa de su padre, casi siempre ausente porque el trabajo le hace vivir en Sudáfrica. Con su único sueldo, y lo que les vaya dando el campo, viven allí ocho personas. Con todo, no es, ni mucho menos, el hogar más apretado que hemos visto.

 

Seguimos ruta. Las casas de Paulo Miki, José Cidária y Alexander están bastante cerca. Los dos primeros, de siete y nueve años, son primos, y solían dormir juntos porque en casa de Miki nunca sobraba una cama libre para él. La puerta está cerrada y las ventanas abiertas. No parece que haya nadie dentro, pero José sabe perfectamente como acceder sin llave. Tras una maniobra veloz, estamos de repente en un salón oscuro donde infinidad de objetos más o menos útiles atestan un aparador con los cristales rotos. Los chicos se acomodan en un sofá que nos enseña las tripas, reclamando inútilmente un tapizado. De pronto, alguien llama desde la casa de al lado.

 

IMG_20160419_100810.jpg

 

Familias tan surtidas suelen incluir sin pegas a una vecina fiel. Se llama Ana y tiene dos hijos que han sido compañeros de juegos de los gaiatos. Besos, saludos, frases de admiración… Antes de despedirnos, le pedimos que comunique a Maina, la tía de José, que los niños han venido a visitarla.

 

CON_LA_VECINA.jpg

 

Cruzando la carretera, la sorpresa está a las puertas de una infravivienda de una sola estancia. Se llama Rosa y resulta ser hermana mayor de Miki, y prima por tanto de José. Tardan en abrazarse con una timidez que podría esconder tanta nostalgia como miedo, sensaciones posibles en niños con infancias tan intensas. La existencia de Rosa consiste en poco más que ver pasar la vida. No estudia ni trabaja, demasiado tiempo libre sin más tarea que la de averiguar quién le dará este medio día un simple plato de arroz. A la madre de Miki, al parecer, es difícil localizarla cerca en casa. Ni de noche, ni de día.

 

MIKI_Y_SU_PRIMA_ROSA.jpg


Nos falta por visitar la vivienda de Alexander, 11 años, el gaiato más reservado de los cuatro. Reconoce su hogar sin titubeos, y se detiene ante una puerta cerrada a cal y canto. No dice nada pero hay gestos tan locuaces o más que las palabras para representar la decepción. Acepta el saludo de su perro Rex, y contempla los montículos de arena y la pila de ladrillos en la parte trasera, indicadores de que la casa en breve estará en obras. Alexander asegura que están construyendo su futura habitación, para cuando pueda regresar junto a sus tíos y sus cuatro hermanos. No tenemos forma de confirmarlo.

ALEXANDER.jpg


El reloj alerta de la hora del almuerzo. Los estómagos de los muchachos, también. En el camino de regreso paramos en un pequeño colmado para comprar galletas y algo de beber. Alexander reclama mi atención señalando con la mano a una mujer que responde a su saludo. Es su abuelita Aventina, de solo 42 años, que se alegra de encontrarse con su nieto, cuya historia resume como un cuento tantas veces repetido. Niños sin padres, casas sin condiciones, y abuelas con poco o nada que ofrecer. Como si el desamparo no tuviera casi nunca arreglo.

 

ALEXANDRER_CON_SU_ABUELA.jpg

 


Sol Alonso.
3 meses de voluntariado para Comunicación en Casa do Gaiato.

 

 

 

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