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07 Nov 2017

Soplos y Miradas

SOPLOS Y MIRADAS

85 años y 14.869 kilómetros, separan estas dos fotografías, unidas sin embargo por la incontestable grandeza de la magia. Edwin Herbert Land inventó la Polaroid para satisfacer la impaciencia de su hijita incapaz de soportar los días de espera que exigía el revelado tradicional. Hace solo unas semanas aquí, en Casa do Gaiato, la fotógrafa santanderina Ana Alvarez Ribalaygua, consiguió que los meninos creyeran en el poder sublime de su aliento, al comprobar que soplando, podían dibujar en un cartón en blanco la mejor versión de cada uno.

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-Tenéis que soplar y soplar durante un minuto… Sed cuidadosos con la fotografía, no la vayáis a arrugar ni llenarla de dedos.

A veces la fe más ciega nos hace ver esas cosas que nuestros ojos jamás creerían. El juego comenzó con los pequeños de la Casa. Costaba contener su excitación, organizar ese entusiasmo inscrito en el adn gaiato, y hacerles comprender que esta vez, las fotos no estaban, como de costumbre, dentro del teléfono.

 

-Eu quero ver, eu quero ver…

Es lo que repiten en la dulce melé que sigue a cada posado, cuando todos quieren ser el primero en deslizar su dedito por la pantalla de esos aparatos que les inmortalizan cada dos por tres. Blanca Abad, histórica amiga y alma de Casa do Gaiato, al saber del juego de las Polaroids, nos dejaba una reflexión muy sabia, “¡qué bonito! A los niños les hacen muchas fotos que casi nunca ven”, y menos aún conservan, pienso enseguida.

 

He visto muchas polaroids y adoro lo que considero un gran invento, pero nunca lo valoré tanto como la tarde en la que los niños consiguieron revelar las fotos. Ellos mismos manipularon el filtro polarizado sintético que inventara Edwind Land, añadiendo el reactivo más precioso: su propia exhalación.

Ana llegó a Casa do Gaiato con su amiga Belén Bolado. Fue una visita fugaz entre Madagascar y Swazilandia, destinos anterior y posterior de un viaje por estos apasionantes lares. En apenas 36 horas trataron de ayudar en casa, una como fotógrafa y la otra como sicóloga clínica. Mientras Belén observaba la concentración académica de algunos alumnos de la Escuela, (recordemos que Casa do Gaiato, es también un colegio mixto concertado con estudiantes externos), Ana organizaba una de las sesiones de fotos más entrañables, no sé si de su vida, pero bien segura estoy que de la mía.

 

A nuestro alrededor, los chicos iban cerrando el círculo impuesto para poder trabajar con cierto espacio, cercándonos de tal modo que tuvimos que acudir alguna vez a la eficaz cuidadora Tía Mimí o a los hermanos mayores, para contener el entusiasmo de nuestros bellos modelos. Mientras unos posaban su mirada en el objetivo, otros soplaban sobre la cartulina ansiosos por verse aparecer. Enseguida comenzamos a hacerles la foto de la foto, y así podríamos haber seguido hasta el infinito.

Pasamos el rato recomponiendo filas que no tardaban en romperse. Algunos gestos eran de timidez, otras muecas de descaro. Mucho nerviosismo y alguna reprimenda a los espabilados que consiguieron hacerse con dos fotos a pesar de la prohibición estricta de repetir. En medio del tumulto yo trataba de asomarme a los túneles que son las pupilas de estos chicos para deslizarme con cierta ingravidez hasta su fondo con la misma curiosidad que ellos derrochan. De los gaiatos nunca lo sabemos todo pero sospecho que dicen más sus ojos que sus voces. Aprender a conocerles sin machacarles a preguntas, es una de esas lecciones que el periodismo occidental practica menos cada día. Aquí, queridos colegas, los cuestionarios agudos no sirven para nada.

 

Es verdad que de la casualidad surgen los mejores inventos. Han pasado unas semanas y todavía, casi siempre tras la cena, algún gaiato se acerca hasta la mesa de Mamá Quiteria, llevando con cuidado entre sus dedos, como la mejor de las ofrendas, la foto Polaroid que les regaló Tía Ana, 2. (Hay otra voluntaria, Ana Jiménez, que por antigüedad en la casa es simplemente, Tía Ana). “En África todos los días hay un instante mágico y casi siempre suele estar en las miradas”. Lo dijo la estupenda fotógrafa Isabel Muñoz que tanto ha trabajado en este continente, y lo suscribo añadiendo que durante el rato que os describo, no fueron uno sino más de cien los momentos en los que la ilusión lo llenó todo. Si queréis saber por qué, mirad sus ojos.

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Sol Alonso. Noviembre 2017. Casa do Gaiato. Maputo Mozambique.

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