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25 Feb 2016

Entrevista Amilcar Bonifacio Machango. Adulto antes de tiempo

 

28 años. Desde 2010 trabaja como administrativo en Casa do Gaiato.

“A veces creo que conozco más esta casa que la mía”, comenta sonriendo.

Amilcar lleva tres años casado con Luisa Albiño, una estudiante de Administración Pública.  Piensan en los hijos, un máximo de tres, pero no para un futuro cercano. Si lo habitual es que el trabajo le robe casi todo su tiempo, ahora que el curso ha comenzado y será también profesor de diseño, Amilcar se prepara para funcionar a  45 revoluciones por minuto.

Se dice hombre casero, con empeño en dedicar a su familia el tiempo que le queda libre.  “Salvo fregar los cacharros, me gustan todas las tareas de la casa.  La limpieza del fin de semana es cosa mía.  Cocino muy bien. Los asados de carne son mi especialidad, sobre todo con una cerveza al lado”.  Y me recita una retahíla de verduras: couve, matapapa, cacana, y hojas de mboa.

Sus amigos le tienen por un incorregible y ameno charlatán. Puedo asegurar que están en lo cierto. Solo hay un asunto capaz de silenciarle: los detalles de su propia infancia. En 1999 su padre, de profesión contable, acusado de un desvío ilegal de fondos, fue declarado en busca y captura.  Terminó en la cárcel. Los maestros de Amilcar no tuvieron el menor pudor en contar el episodio delante de todos sus compañeros.  “Yo solo quería salir corriendo. Ver a mi padre entre rejas me marcó para siempre”. 

Estudios interrumpidos y trabajos precarios para volver a estudiar. En ese bucle transcurren los siguientes años de su vida.  “Fui sirviente y jardinero en Aguas de Mozambique por 75 menticais al día. (Menos de dos euros). También estuve en el registro de nacimientos”.

No oculta la desesperación de aquellos tiempos. Hasta el 23 julio de 2010, fecha grabada con mayúsculas en su calendario.  Una mañana recibe una llamada, ¡bendita llamada!, de Casa do Gaiato.

-        ¿Qué sabes hacer? Dijo una voz al otro lado del teléfono.

Era Quitería. Tras repasar su currículo, se interesó por él. El milagro se activaba. En poco tiempo estaría trabajando en el despacho de al lado.

Ante ella, dice sentirse a veces como un jovencito que necesita desahogarse.  “Quiteria, que me conoce, cierra la puerta y dice,  “a ver. ¿Qué pasa?”. Y se regalan esos minutos tan necesarios de educación emocional.

 Hablando de la Casa pone en la balanza las ventajas de un proyecto que admira, sabiendo que no es la panacea para solucionar todos los problemas de una zona copada de carencias. 

“Al menos no dudes que esta labor repercute en el crecimiento del país. La Guerra Civil dejó muchísimos huérfanos que en Mozambique acaban siendo gaiatos, niños de la calle”.

Su sueño pendiente es convertirse en arquitecto.  En 2011 trató de aproximarse con un curso de aparejador que consumía todo su salario.  ¿Retomará?  

“Es posible. La vida me ha enseñado que no debemos renunciar a nada”.

 

 

 

 

 

Amilcar Bonifacio Machango

Adulto antes de tiempo

 

28 años. Desde 2010 trabaja como administrativo en Casa do Gaiato.

“A veces creo que conozco más esta casa que la mía”, comenta sonriendo.

Amilcar lleva tres años casado con Luisa Albiño, una estudiante de Administración Pública.  Piensan en los hijos, un máximo de tres, pero no para un futuro cercano. Si lo habitual es que el trabajo le robe casi todo su tiempo, ahora que el curso ha comenzado y será también profesor de diseño, Amilcar se prepara para funcionar a  45 revoluciones por minuto.

Se dice hombre casero, con empeño en dedicar a su familia el tiempo que le queda libre.  “Salvo fregar los cacharros, me gustan todas las tareas de la casa.  La limpieza del fin de semana es cosa mía.  Cocino muy bien. Los asados de carne son mi especialidad, sobre todo con una cerveza al lado”.  Y me recita una retahíla de verduras: couve, matapapa, cacana, y hojas de mboa.

Sus amigos le tienen por un incorregible y ameno charlatán. Puedo asegurar que están en lo cierto. Solo hay un asunto capaz de silenciarle: los detalles de su propia infancia. En 1999 su padre, de profesión contable, acusado de un desvío ilegal de fondos, fue declarado en busca y captura.  Terminó en la cárcel. Los maestros de Amilcar no tuvieron el menor pudor en contar el episodio delante de todos sus compañeros.  “Yo solo quería salir corriendo. Ver a mi padre entre rejas me marcó para siempre”. 

Estudios interrumpidos y trabajos precarios para volver a estudiar. En ese bucle transcurren los siguientes años de su vida.  “Fui sirviente y jardinero en Aguas de Mozambique por 75 menticais al día. (Menos de dos euros). También estuve en el registro de nacimientos”.

No oculta la desesperación de aquellos tiempos. Hasta el 23 julio de 2010, fecha grabada con mayúsculas en su calendario.  Una mañana recibe una llamada, ¡bendita llamada!, de Casa do Gaiato.

-        ¿Qué sabes hacer? Dijo una voz al otro lado del teléfono.

Era Quitería. Tras repasar su currículo, se interesó por él. El milagro se activaba. En poco tiempo estaría trabajando en el despacho de al lado.

Ante ella, dice sentirse a veces como un jovencito que necesita desahogarse.  “Quiteria, que me conoce, cierra la puerta y dice,  “a ver. ¿Qué pasa?”. Y se regalan esos minutos tan necesarios de educación emocional.

 Hablando de la Casa pone en la balanza las ventajas de un proyecto que admira, sabiendo que no es la panacea para solucionar todos los problemas de una zona copada de carencias. 

“Al menos no dudes que esta labor repercute en el crecimiento del país. La Guerra Civil dejó muchísimos huérfanos que en Mozambique acaban siendo gaiatos, niños de la calle”.

Su sueño pendiente es convertirse en arquitecto.  En 2011 trató de aproximarse con un curso de aparejador que consumía todo su salario.  ¿Retomará?  

“Es posible. La vida me ha enseñado que no debemos renunciar a nada”.

 

 

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