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21 Abr 2016

Entrevista Orlando

 

 

Orlando tiene 19 años y lleva once viviendo en Casa do Gaiato. Es uno de los mayorales del centro, un jefe de Casa elegido democráticamente por el resto de los chicos. Supervisa el funcionamiento general, el orden durante las comidas y modera las  sesiones diarias donde los muchachos exponen y debaten las cosillas de ese día. Es el momento de resumir la jornada y, si viene al caso, discutir quejas y problemas para darles solución.  En dos semanas apenas he presenciado algún conflicto, siempre leve, relacionado con la convivencia. Son 150 chavales de 3 a 21 años. Hablar de un camino de rosas sonaría a cuento chino.

 

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Viajando al pasado

La otra tarde tuve la ocasión de viajar al pasado. Los ocupantes de la nave fuimos tres: Dercio, el motorista (en realidad es conductor y la primera persona que conocí nada más aterrizar en Mozambique), Orlando José y yo. Tomamos camino hacia Boane dejando el pueblo atrás para rodar por una ruta mucho más agreste. Tanto que ni el coche, provisto de ruedas todoterreno, puede zafarse de los bancos de arena. Dercio decide que debemos seguir la ruta a pie. 

Enseguida nos cruzamos con familias dispersas, apostadas junto a sus chozas de caña de madera, colocadas en medio de la nada sin orden ni concierto. Dependiendo de los antojos del viento algunas tienen techo y otras no. 

Orlando es un chico tan callado, que no levanta la voz ni cuando rompe su silencio.  Fue, por tanto, un paseo casi reflexivo durante el que yo me preguntaba qué sentiría el muchacho al volver al lugar de donde un día le rescató la providencia para instalarle en una vida mejor.

Calculo que caminamos unos 20 minutos. Nada comparado con los kilómetros que recorren cada día las mujeres para conseguir agua, bien preciado y vital del que allí no hay rastro. Obviamente, tampoco tienen luz. Por los alrededores de las chozas se oye balar a una cabra, el graznido de una familia de patitos famélicos y alguna gallina que rastrea el suelo yermo.  El menaje de cocina está en el suelo y, al lado, un niño rebaña la piel de un coco bien aprovechado. 

Estamos en un lugar llamado Estivel. Orlando nos presenta a Marta Elena y su familia. Son amigos y vecinos de su abuela Isabel, quien le cuidó antes de venir a  Casa do Gaiato. Marta Elena y un niño, Custodio, nos acompañan hasta la casa familiar de Orlando.

-¿Te emociona especialmente estar aquí?

Orlando baja la vista como pensando si decir, o callar, lo que realmente está sintiendo. Finalmente resuelve su dilema con un sincero “no”.

Le pregunto por sus padres. Se llamaban Marta Justino y José de Castro. Dice que fueron muy buenos pero ahora están muertos. La abuela  ingresó en el Hospital de Boane. Tiene problemas en las articulaciones y no puede caminar. 

Escucho la palabra hospital y siento cierto alivio al pensar que los problemas de Isabel pueden tener cura. En un rato un mar de pesimismo ahoga mis dudas.  

 

 

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El hospital

A primera vista el Hospital de Boane podría ser cualquier cosa salvo un sanatorio. Como no me han dicho, o quizás no me enteré, dónde estamos, lo adivino por  los carteles descoloridos que aconsejan cómo prevenir el ébola, las epidemias de cólera y uno muy proselitista de la circuncisión contra las consecuencias del sexo sin medidas de higiene.  

“Confía en nuestros cirujanos. Serás un hombre nuevo”.

En la recepción, por darle un nombre, hay tres boxes con las cortinas medio descolgadas. Una enfermera maquillada a conciencia y con un peinado extraordinario insiste en que Isabel no está ingresada allí. Tras unas llamadas telefónicas, Dercio me invita a pasar hasta una de las habitaciones. Hay seis camas con seis mesillas y un lavabo desvencijado de cuyo grifo, al menos, sale agua.

Las tres camas de la derecha están ocupadas. En la del centro veo, sin poder creer, un cuerpo desnudo y deformado, enredado en una manta de cuadros. El colchón de plástico, y sin sábanas, está lleno de mugre. La habitación apesta y de uno de los lados de la cama cuelga una sonda a reventar de orina. En las rodillas del paciente hay úlceras sin tratar. Cuando me acerco, una mujer de pelo blanco abre los ojos, se deja coger las manos y sonríe. Es Isabel. La abuela enferma.

Al grupo se han unido otros dos chicos. Una de las ingresadas nos pide un poco de agua. En la otra cama, hay una muchacha jovencísima. Piel y huesos. Sus ojos abiertos miran a la nada. Me pregunto si estará viva o muerta, hasta que llegan unos familiares, la incorporan como pueden y le acercan a la boca cucharadas de algo parecido a un caldo. El líquido se escurre por sus comisuras, sin que desistan en la misión imposible de darle de comer.

Salgo al pasillo a respirar y observo que está abierta la puerta de la UVI. Me asomo. Es un cuarto normal con una sola cama, ésta sí, cubierta por una sábana.

Los chicos salen a comprar algo para la abuela. Agua, zumos y un yogur. Deduzco que el hospital no incluye ni la mínima pensión. Dercio, en lengua Sanghane, le pregunta cómo está. Isabel responde sonriendo. Dercio traduce.

“Feliz. Con la visita de sus nietos, la señora está feliz”.

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