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05 Oct 2017

Hola, soy Ana, nueva como voluntaria

VOLUNTARIA DE F. MOZAMBIQUE SUR

Soy nueva, nueva como voluntaria y nueva en la Casa do Gaiato. Solo llevo un par de días aquí y todo me sorprende. Y, la verdad, a estos años y con una profesión como la mía, periodista de televisión, es difícil que ya me sorprenda casi nada. Pero los "gaiatos" lo hacen a cada rato, como nada más llegar  cuando me comieron a besos sin conocerme de nada. 

Me llamo Ana Jiménez y voy a compartir mi vida con ellos durante los próximos meses. ¿Lo aguantaré? ¿Aguantaré que me sonrían, me abracen, me den los buenos días, me llamen tía, me cojan de la mano, me digan, cada dos por tres, "obrigado"? Sin ni siquiera preguntarme por mi nombre, ni por qué soy blanca en mundo negro, ni qué les he traído, ni qué les voy a regalar... Difícil de soportar, ¿no?

 

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Aquí todo encaja, todo funciona sin apenas recursos humanos ni personal especializado. El orden, la educación y la disciplina es fundamental para que la Casa do Gaiato marche como un reloj. Los mayores cuidan a los menores. Y, a su vez, los menores a los más pequeños. Este orfanato se ha convertido en un Gran Hermano donde todos hacen de todo.

Lo mismo en el comedor, donde se reparten por turnos la cocina, fregar los platos, poner y quitar las mesas o barrer las migas. Cuesta creer que a las 6' 30 de la mañana (aquí amanece a las 5), a las 12 del mediodia y a las 7 de la tarde los 160 gaiatos estén sentados, puntuales, en casi completo silencio. Ningún adulto ni monitor que vaya detrás gritando que guarden la fila , que no chillen o que no salten por las mesas como tantas veces he oído en nuestros comedores infantiles tan occidentales, tan "civilizados". Sin olvidarme claro de esa sanísima costumbre de que nadie se levanta hasta que no hayan terminado todos. Y, encima, los más pequeños te forran a besos después de cada comida.

 

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Y, si vuelves de excursión y las empleadas domésticas libran porque es fiesta, uno de los gaiatos de 10 años se pone a lavar ropita para los pequeños porque no hay limpia. No pasa nada, nadie llora, nadie patalea. Y, mientras, al lado otro "menino" se lava los dientes. Ninguna madre pesada al lado para recordarle que lo tiene que hacer después de cada comida.

Las habitaciones de estos 160 "enanitos" están limpias y ordenadas como la patena. No hay armarios, no tienen ropa que guardar. La que llevan está muy gastada y descolorida por tantas lavadoras españolas. Los zapatos no siempre encajan en los pies de estos pequeños ni tampoco hacen juego con el estilismo puesto. Qué se le va hacer, aquí no es tendencia. La moda la marca el contenedor que llega desde España cargado de "ilusiones" que otros niños españoles ya tuvieron y usaron.

Lo mismo en el siguiente contenedor pueden incluir somieres, sábanas, toallas, mesillitas de noche y un poco de pintura. Hace tiempo, mucho diría yo, que las habitaciones de Casa do Gaito necesitan un "repasito" como diría mi madre. Una puesta a punto  y tirar esas desvencijadas camas que algún hospital debió guardar en sus sotanos hace décadas y no sé como  han llegado hasta aquí. Jubilar unos cuanto sofás de escai que triunfaron en la época de Los Alcántara pero que, ahora, solo les queda el pellejo de aquel esplendor.

 Casa do Gaito, desde lejos, parece esa granja de África a los pies de las colinas de la que habla "Memorias de África". Pero, de cerca, es un orfanato que tiene que comprar cereales a punto de caducar porque son más baratos. Que el dinero no llega para la leche y cuidados de los bebés que, cada vez, son más. Que con la crisis, maldita crisis, han llegado "las rebajas" de donaciones y subvenciones.

Suerte que estos chavales están acostumbrados a "sacarse las castañas del fuego". Por eso y por que tienen a Quiteria Torres, la directora de Casa do Gaiato, que les guía con la firmeza, sin levantar la voz, y con la ternura que solo una madre de verdad tiene.

Por delante, tres meses para saber si seré capaz de aguantar tantos besos y tantas risas gratis.

 

 

Ana Jiménez 

 

 

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