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20 Nov 2017

Un Gaiato veterano

Vicente Alberto Timba tiene 34 años fingidos y 37 reales, porque se quitó tres siendo niño para conseguir que le admitieran en Casa do Gaiato. No fue la edad su única mentira piadosa. Cuenta que también fingió la muerte de su padre para poder vivir aquí. Entre semejante desolación, ser huérfano era el pasaporte hacia la dignidad.

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Bruno sobre Quiteria.


Ha pasado con nosotros este fin de semana visitando a sus hermanos pequeños después de reunirse con Quiteria y los Gaiatos veteranos, estudiando algunos planes de trabajo para mantener el ritmo de la Casa, tras el fallecimiento del Padre José Maria. Es la esencia imborrable del gaiato: cuidar como les cuidaron. Enseñar lo que aprendieron. Lo llevan grabado en lo más profundo de su consideración.

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Vicente Nació en Magude, a 80 kilómetros de Maputo. De familia caótica, con padres separados y madre dispersa que les abandonó siendo él muy niño. Timba y su padre, discapacitado por heridas de la guerra, sobrevivían gracias a la limosna callejera. Eran, sin saberlo, dos gaiatos ignorantes todavía de que hubiera un lugar, donde salvarían la vida de Vicente. En sus andanzas procurando caridad, descubrieron una párvula Casa do Gaiato, en la aldea de Massaca, donde Quiteria Torres y el Padre José María Ferreira, sembraban el proyecto que lleva 25 años siendo el hogar de más 150 niños sin familia.


¿Hablamos de tropiezos en la vida? Abandono, pobreza, enfermedades… Tuberculosis, desnutrición, ignorancia, soledad... Vicente se refugiaba en Casa do Gaiato, cuando le era posible, pero su padre, vivo aunque en condiciones pésimas, trataba de recuperarle puede que por amor, pero también porque el pequeño era su medio de vida. Por duro que parezca, Vicente lo relata sin eludir ninguna circunstancia por extrema que sea. Tampoco emite juicios. Al final la Casa se hizo cargo de los dos, dando comida al padre y techo al hijo.

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Vicente empezó a estudiar con Quiteria como primera maestra. “Me costó mucho aprender a escribir. Con 11 años y la estatura de un chaval de seis, no conseguía manejar un lápiz. Pero al final logré eso y más. Cuando se levantó la actual Casa do Gaiato, trabajé en la enfermería aprendiendo a curar ciertas heridas, que aplicaba a los males de mi padre. Con la ayuda de Quiteria y Tía María José, escogí lo que quería estudiar y me desplacé a Nampula, (norte de Mozambique), para convertirme en técnico de laboratorio. Un 23 de septiembre de 2006 conseguí mi primer empleo en Inhambane, donde sigo trabajando”.
Vicente no ha dejado de formarse. Casa do Gaiato le ha apoyado para estudiar en la Universidad Católica de Beira, donde se licenció en Análisis Clínicos.

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Sigue viviendo en Inhambane, enamorado de su trabajo en el Laboratorio de Citrometríaa de Fluxo, entre segmentos celulares, linfocitos TCD4 y estudios sobre inmunodeficiencia y virus HIV. “Muy feliz, pero ahora con la idea de trabajar en Maputo para estar más cerca de la Casa” Le pido que repasemos juntos algunas fotografías donde aparecen los gaiatos más antiguos. Vemos al Padre José María en una de ellas. Vicente se emociona al recordarle, resucitando privilegio de haberle atendido hasta casi sus últimos momentos. “Ha marcado mi historia. Le recuerdo rezando mientras todavía trataba de explicarnos muchas cosas. Fue para nosotros mucho más que un padre. Ahora tenemos a mamá Quiteria, una persona a la que tampoco podría agradecer todo lo que nos ha dedicado. Porque soy creyente, si no, diría que el Padre y ella, son los auténticos dioses”. De Quiteria piensa, como la mayoría, que sus cualidades pertenecen a una raza superior, alguien programado para almacenar una base de datos en su cabeza, y todo el amor posible dentro de su corazón. “Con Quiteria aprendes a leer y a subir montañas. Lo sabe todo de todos nosotros. Nuestras virtudes y nuestras dificultades”. Vicente ha formado una familia estable y tiene una pequeña de 7 meses.

Sabe Vicente cuánto está cambiando el mundo y que diferente es ahora la cooperación o la asistencia social.


Piensa en su padre biológico, que falleció en 2003. En sus cuatro tías carnales, los 18 primos… “Todos ellos viven peor que yo” Piensa en la madre que le abandonó y, desde su lugar de residencia en África del Sur, consiguió contactarle. Se pregunta a veces por qué ahora y no entonces, cuando seguramente la necesitaba más. “No es un juicio ni una crítica. Yo solo tengo que alegrarme de estar donde estoy”, reflexiona con una generosidad bien aprendida y mejor empleada.


Sol Alonso.
Casa do Gaiato de Massaca en Maputo.

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