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23 Jun 2014

Un viaje muy especial

Artículo escrito por Inés Gil de Antuñano

Nos disponemos a volver a Casa do Gaiato desde Maputo. Hay diferentes medios de transporte disponibles: las “chapas”, unas camionetas en las que se amontonan personas hasta salirse literalmente por las ventanas; los autobuses, donde la mitad de los pasajeros va de pie en el pasillo; los camiones abiertos, que son otro medio común y aquí se refieren a esta forma de viajar como “I love you”, porque el único punto de apoyo, al ir todos en pie, es la persona que va delante o al lado a la que te tienes que pegar mucho o agarrar fuerte, en ocasiones, para no caer. Pero decidimos optar por el tren, “ir de comboio”, que además de ser una experiencia nueva aquí en Mozambique, nos deja justo en la entrada de Casa do Gaiato, ya que la “estación” está a 4 Km del pueblo de Massaca, nosotros apenas tenemos que dar unos pasos hasta casa.

foto 3 fmsEl viaje fue para mí, más que nada, una experiencia del coraje y tesón de las gentes de esta tierra, que cada día viajan a la ciudad para trabajar. El tren sale todos los días de Goba, la frontera, a Maputo muy de mañana, pasa por Casa do Gaiato a las 4:30 am, y vuelve de tarde, con una salida aproximada entre las 6 y las 6:30 pm de Maputo, llegando a casa en torno a las 8 pm. Nosotros llegamos a la estación hacia las 5 de la tarde para coger sitio, es bueno ser previsores, como luego pudimos comprobar. Tuvimos la suerte de encontrarnos mientras hacíamos cola con uno de los Gaiatos, que ya han salido de la Casa para realizar estudios medios y superiores en la capital y que vuelven el fin de semana, son unos 80. La estación es un edificio precioso, con una arquitectura colonial afrancesada, diseñada por el famoso arquitecto Gustav Eiffel, y tendría a estas horas unos 2 o 3 trenes para salir. Llegamos a nuestro tren y nos disponemos a sentarnos, todavía había algunos sitios disponibles que en poco tiempo se van ocupando, y siguen llegando más personas continuamente. Al irnos a acomodar empezamos a caer en la cuenta de las condiciones del tren: no tenía ventanas, sólo los huecos, los bancos corridos que una vez fueron acolchados ya sólo eran tablas de madera. Según pasa el tiempo y cae la noche, se va haciendo oscuro fuera y dentro del tren, pues cual es nuestra sorpresa, el tren tampoco tiene luz… Y así acaban de acomodarse todas las personas, en todos los espacios posibles, y nuestros Gaiatos (ya se nos ha unido otro) siguen con sus tareas aun en estas condiciones no tan propicias, uno de ellos sigue dibujando a la luz de la linterna del móvil que le sostiene su “hermano”.

foto 2 fmsArrancamos más o menos a la hora prevista (la salida nunca es muy precisa: “hora africana”), y comenzamos a salir de la ciudad. Dentro sólo hay oscuridad, excepto algunas linternas de vez en cuando, y fuera se van a pagando las luces al dejar atrás la ciudad. Llegamos entonces al campo y ya no se ve nada, ni dentro, ni fuera, y comienza a hacer mucho frío, sí frío, entra por todos lados y las personas dentro del tren empiezan a acurrucarse. Sólo las estaciones más nombradas tienen luz, las otras son “en mitad de la nada”, nos preguntamos cómo la gente sabe donde están, y al bajar se pierden en fila en la oscuridad del “mato”. Gracias a Dios no tardamos demasiado en llegar, porque también nosotros empezábamos a sentir mucho el frío. Miramos a la pobre gente, ya queda menos, y eso se nota, sin poder resguardarse en ningún lado de tanto aire, pronto llegarán a casa. Pero nadie se queja, es la vida, es así: difícil. A nuestros chavales les queda casi un kilómetro para subir la cuesta a pie hasta la Casa, pero a la luz de la luna ahí marchan contentos de llegar.

Inés Gil-Antuñano

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