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Vicente Alberto Timba tiene 34 años fingidos y 37 reales, porque se quitó tres siendo niño para conseguir que le admitieran en Casa do Gaiato. No fue la edad su única mentira piadosa. Cuenta que también fingió la muerte de su padre para poder vivir aquí. Entre semejante desolación, ser huérfano era el pasaporte hacia la dignidad.

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Bruno sobre Quiteria.


Ha pasado con nosotros este fin de semana visitando a sus hermanos pequeños después de reunirse con Quiteria y los Gaiatos veteranos, estudiando algunos planes de trabajo para mantener el ritmo de la Casa, tras el fallecimiento del Padre José Maria. Es la esencia imborrable del gaiato: cuidar como les cuidaron. Enseñar lo que aprendieron. Lo llevan grabado en lo más profundo de su consideración.

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Vicente Nació en Magude, a 80 kilómetros de Maputo. De familia caótica, con padres separados y madre dispersa que les abandonó siendo él muy niño. Timba y su padre, discapacitado por heridas de la guerra, sobrevivían gracias a la limosna callejera. Eran, sin saberlo, dos gaiatos ignorantes todavía de que hubiera un lugar, donde salvarían la vida de Vicente. En sus andanzas procurando caridad, descubrieron una párvula Casa do Gaiato, en la aldea de Massaca, donde Quiteria Torres y el Padre José María Ferreira, sembraban el proyecto que lleva 25 años siendo el hogar de más 150 niños sin familia.


¿Hablamos de tropiezos en la vida? Abandono, pobreza, enfermedades… Tuberculosis, desnutrición, ignorancia, soledad... Vicente se refugiaba en Casa do Gaiato, cuando le era posible, pero su padre, vivo aunque en condiciones pésimas, trataba de recuperarle puede que por amor, pero también porque el pequeño era su medio de vida. Por duro que parezca, Vicente lo relata sin eludir ninguna circunstancia por extrema que sea. Tampoco emite juicios. Al final la Casa se hizo cargo de los dos, dando comida al padre y techo al hijo.

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Vicente empezó a estudiar con Quiteria como primera maestra. “Me costó mucho aprender a escribir. Con 11 años y la estatura de un chaval de seis, no conseguía manejar un lápiz. Pero al final logré eso y más. Cuando se levantó la actual Casa do Gaiato, trabajé en la enfermería aprendiendo a curar ciertas heridas, que aplicaba a los males de mi padre. Con la ayuda de Quiteria y Tía María José, escogí lo que quería estudiar y me desplacé a Nampula, (norte de Mozambique), para convertirme en técnico de laboratorio. Un 23 de septiembre de 2006 conseguí mi primer empleo en Inhambane, donde sigo trabajando”.
Vicente no ha dejado de formarse. Casa do Gaiato le ha apoyado para estudiar en la Universidad Católica de Beira, donde se licenció en Análisis Clínicos.

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Sigue viviendo en Inhambane, enamorado de su trabajo en el Laboratorio de Citrometríaa de Fluxo, entre segmentos celulares, linfocitos TCD4 y estudios sobre inmunodeficiencia y virus HIV. “Muy feliz, pero ahora con la idea de trabajar en Maputo para estar más cerca de la Casa” Le pido que repasemos juntos algunas fotografías donde aparecen los gaiatos más antiguos. Vemos al Padre José María en una de ellas. Vicente se emociona al recordarle, resucitando privilegio de haberle atendido hasta casi sus últimos momentos. “Ha marcado mi historia. Le recuerdo rezando mientras todavía trataba de explicarnos muchas cosas. Fue para nosotros mucho más que un padre. Ahora tenemos a mamá Quiteria, una persona a la que tampoco podría agradecer todo lo que nos ha dedicado. Porque soy creyente, si no, diría que el Padre y ella, son los auténticos dioses”. De Quiteria piensa, como la mayoría, que sus cualidades pertenecen a una raza superior, alguien programado para almacenar una base de datos en su cabeza, y todo el amor posible dentro de su corazón. “Con Quiteria aprendes a leer y a subir montañas. Lo sabe todo de todos nosotros. Nuestras virtudes y nuestras dificultades”. Vicente ha formado una familia estable y tiene una pequeña de 7 meses.

Sabe Vicente cuánto está cambiando el mundo y que diferente es ahora la cooperación o la asistencia social.


Piensa en su padre biológico, que falleció en 2003. En sus cuatro tías carnales, los 18 primos… “Todos ellos viven peor que yo” Piensa en la madre que le abandonó y, desde su lugar de residencia en África del Sur, consiguió contactarle. Se pregunta a veces por qué ahora y no entonces, cuando seguramente la necesitaba más. “No es un juicio ni una crítica. Yo solo tengo que alegrarme de estar donde estoy”, reflexiona con una generosidad bien aprendida y mejor empleada.


Sol Alonso.
Casa do Gaiato de Massaca en Maputo.

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La dignidad de vivir como un 'gaiato'

 

Niños en la Casa do Gaiato, en Mozambique

En Casa do Gaiato son 160 de familia para desayunar, comer y cenar. Para vestir, ir al cole o comprar cepillos de dientes. Es una suerte de gran familia formada por niños huérfanos o recogidos de la calle.

Las dos últimas guerras de Mozambique, la de la Independencia y la civil, han dejado un país mutilado y a casi dos millones de niños sin padres. Una cuarta parte de ellos son, además, hijos del SIDA, ese maldito bicho que está carcomiendo el continente africano. De hecho, los índices de VIH en Mozambique es de los más altos del mundo y la transmisión suele ser “vertical” de madres a hijos.

A una hora de Maputo, en el sur del sur de Mozambique, hace 25 años se levantó una edificación cuyo terreno fue donado por el estado mozambiqueño. Desde lejos se distingue por la alta techumbre de paja negra, tan africana, de la capela (iglesia). Se llama Casa do Gaiato que, en portugués, significa “travieso”, una institución benéfica que nació en Portugal y que recoge a unos 160 chicos, de entre 3 y 20 años, sin padres, rechazados por los suyos, en riesgo de exclusión o en situación de vulnerabilidad. La Casa recibe ayuda económica de Portugal y, sobre todo, de España.

Quiteria Torres, la "madre" de 160 gaiatos

Todos los llaman mamá porque, para muchos, es la única madre que han conocido pero ella no ha parido a ninguno de esos 160 gaiatos. Sin embargo, los quiere, cuida y regaña como si los hubiera llevado en su vientre. Quiteria Torres es quien dirige, con mano firme, el orfanato. Esta brasileña y antigua religiosa es capaz de firmar el cheque de la compra mientras besuquea a uno de esos meninos.

"Nuestra filosofía es que estos niños se sientan en casa, que éste sea su hogar y todos nosotros su familia”, afirma a Rtve.es.

Como una madre más, le preocupa la educación de sus menores, por eso cada noche repasa deberes y cuadernos pero lo que le quita el sueño es “no llegar a fin de mes”. La directora confiesa que están “en número rojos”, porque mantener a esta familia de 160 miembros entre alimentación y educación cuesta unos 15.000 euros al mes. “Eso sin contar con los imprevistos que pueden surgir como en cualquier hogar”, añade.

Taller de costura en Casa do Gaiato

“Lo que más me angustia es que un día el presupuesto no nos alcance para cubrir el mes”, asegura la directora. En el orfanato están acostumbrados a hacer equilibrios a la hora de ir al súper o de encender solo la luz cuando ya es noche cerrada para ahorrar. El dinero de las subvenciones y donaciones se ha reducido debido a la crisis y “a veces hemos tenido que pedirle prestado a una amiga donante que no nos cobra intereses”, reconoce Quiteria.

"Me encanta mi familia aquí"

Jossías Timoteo Sambo es un joven de 16 años, alto y de sonrisa espléndida, que llegó aquí hace siete años. Reconoce a Rtve.es que, al principio, "lloraba mucho y pensaba en huir, solo quería estar con los míos”. Le costó varios meses adaptarse a su nuevo hogar. No conoció a su padre, y su madre le crió hasta donde pudo. “Ahora me encanta mi familia de aquí, la alegría que hay y me siento muy bien”. Hace unos meses fue nombrado Chefe Maioral de los internos, algo así como un delegado de curso que ejerce de hermano mayor del resto de los gaiatos.

Jossías Timoteo Sambo, de 16 años

Los 160 chavales duermen en seis pabellones distribuidos según su edad y, en cada uno de ellos, siempre vive un gaiato mayor que controla al resto para que hagan la cama, se duchen o hagan los deberes. Es filosofía gaiata: los mayores cuidan de los menores y éstos de los más pequeños.

Aquí no les queda otra que asumir y compartir las tareas domésticas. Limpian y ordenan sus cuartos, friegan y barren el comedor y, según los turnos, van por la mañana o por la tarde a la escuela que también está dentro del recinto. Los hay que incluso han aprendido a coser, como César, de 15 años, que llegó aquí hace nueve. “Lo que más me gusta es coser las mochilas de mis compañeros”, asegura. De mayor le gustaría ser sastre.

En la otra máquina de coser está João Tomás de 14 años. Él no lo sabe pero lleva unos pantalones cortos “azul bata” con el anagrama de un hospital madrileño. Está practicando con un trapo viejo bajo la supervisión de Teresa, empleada de la Casa, que es quien zurce y recose la mayoría de las prendas descoloridas y gastadas que llegan en contenedores que la ONG Fundación Mozambique Sur envía una vez al año. No hay armarios en las habitaciones. No es necesario, nada es de nadie. Por las mañanas, se reparten pantalones, camisas y calcetines, según los tamaños.

Niños seropositivos

Pero entre los hermanos gaiatos, también hay unos 40 seropositivos. Mezclados en las habitaciones o en las mesas del comedor, conviven con normalidad con el resto. Nadie puede distinguirlos salvo cuando, por las tardes, acuden a la enfermería a recibir su ración diaria de antirretrovirales para no desarrollar la enfermedad.

Las instituciones los han rechazado debido al gasto y a la discriminación".

“En los últimos años han llegado más porque otras instituciones los han rechazado debido al gasto y a la discriminación” asegura Quiteria Torres. Niños que, una vez al mes, deben acudir al hospital de Maputo para revisiones médicas y que necesitan reforzar su alimentación. “En esta casa, no podemos diferenciar a unos de otros, a si que intentamos que la comida sea sana y nutritiva para todos”, afirma.

Como el resto de madres, Quiteria Torres, sufre cuando uno de sus gaiatos se escapa, suspende o no cuida de sus hermanos. Recuerda con dolor los que han muerto en estos 25 años de SIDA o incluso los que se han “torcido” por el camino. Ella lo que quiere para sus 160 hijos es “que vivan con dignidad”.

Ana Jimenez.

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SOPLOS Y MIRADAS

85 años y 14.869 kilómetros, separan estas dos fotografías, unidas sin embargo por la incontestable grandeza de la magia. Edwin Herbert Land inventó la Polaroid para satisfacer la impaciencia de su hijita incapaz de soportar los días de espera que exigía el revelado tradicional. Hace solo unas semanas aquí, en Casa do Gaiato, la fotógrafa santanderina Ana Alvarez Ribalaygua, consiguió que los meninos creyeran en el poder sublime de su aliento, al comprobar que soplando, podían dibujar en un cartón en blanco la mejor versión de cada uno.

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-Tenéis que soplar y soplar durante un minuto… Sed cuidadosos con la fotografía, no la vayáis a arrugar ni llenarla de dedos.

A veces la fe más ciega nos hace ver esas cosas que nuestros ojos jamás creerían. El juego comenzó con los pequeños de la Casa. Costaba contener su excitación, organizar ese entusiasmo inscrito en el adn gaiato, y hacerles comprender que esta vez, las fotos no estaban, como de costumbre, dentro del teléfono.

 

-Eu quero ver, eu quero ver…

Es lo que repiten en la dulce melé que sigue a cada posado, cuando todos quieren ser el primero en deslizar su dedito por la pantalla de esos aparatos que les inmortalizan cada dos por tres. Blanca Abad, histórica amiga y alma de Casa do Gaiato, al saber del juego de las Polaroids, nos dejaba una reflexión muy sabia, “¡qué bonito! A los niños les hacen muchas fotos que casi nunca ven”, y menos aún conservan, pienso enseguida.

 

He visto muchas polaroids y adoro lo que considero un gran invento, pero nunca lo valoré tanto como la tarde en la que los niños consiguieron revelar las fotos. Ellos mismos manipularon el filtro polarizado sintético que inventara Edwind Land, añadiendo el reactivo más precioso: su propia exhalación.

Ana llegó a Casa do Gaiato con su amiga Belén Bolado. Fue una visita fugaz entre Madagascar y Swazilandia, destinos anterior y posterior de un viaje por estos apasionantes lares. En apenas 36 horas trataron de ayudar en casa, una como fotógrafa y la otra como sicóloga clínica. Mientras Belén observaba la concentración académica de algunos alumnos de la Escuela, (recordemos que Casa do Gaiato, es también un colegio mixto concertado con estudiantes externos), Ana organizaba una de las sesiones de fotos más entrañables, no sé si de su vida, pero bien segura estoy que de la mía.

 

A nuestro alrededor, los chicos iban cerrando el círculo impuesto para poder trabajar con cierto espacio, cercándonos de tal modo que tuvimos que acudir alguna vez a la eficaz cuidadora Tía Mimí o a los hermanos mayores, para contener el entusiasmo de nuestros bellos modelos. Mientras unos posaban su mirada en el objetivo, otros soplaban sobre la cartulina ansiosos por verse aparecer. Enseguida comenzamos a hacerles la foto de la foto, y así podríamos haber seguido hasta el infinito.

Pasamos el rato recomponiendo filas que no tardaban en romperse. Algunos gestos eran de timidez, otras muecas de descaro. Mucho nerviosismo y alguna reprimenda a los espabilados que consiguieron hacerse con dos fotos a pesar de la prohibición estricta de repetir. En medio del tumulto yo trataba de asomarme a los túneles que son las pupilas de estos chicos para deslizarme con cierta ingravidez hasta su fondo con la misma curiosidad que ellos derrochan. De los gaiatos nunca lo sabemos todo pero sospecho que dicen más sus ojos que sus voces. Aprender a conocerles sin machacarles a preguntas, es una de esas lecciones que el periodismo occidental practica menos cada día. Aquí, queridos colegas, los cuestionarios agudos no sirven para nada.

 

Es verdad que de la casualidad surgen los mejores inventos. Han pasado unas semanas y todavía, casi siempre tras la cena, algún gaiato se acerca hasta la mesa de Mamá Quiteria, llevando con cuidado entre sus dedos, como la mejor de las ofrendas, la foto Polaroid que les regaló Tía Ana, 2. (Hay otra voluntaria, Ana Jiménez, que por antigüedad en la casa es simplemente, Tía Ana). “En África todos los días hay un instante mágico y casi siempre suele estar en las miradas”. Lo dijo la estupenda fotógrafa Isabel Muñoz que tanto ha trabajado en este continente, y lo suscribo añadiendo que durante el rato que os describo, no fueron uno sino más de cien los momentos en los que la ilusión lo llenó todo. Si queréis saber por qué, mirad sus ojos.

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Sol Alonso. Noviembre 2017. Casa do Gaiato. Maputo Mozambique.

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Huele a serrín y una orquesta de chirridos, avisa cada vez que las sierras mecánicas lonchean un tablero. Recientemente llegaron a La Carpintería de Casa do Gaiato, seis camiones con 150 troncos de madera cada uno, para ser convertidos en parquet. Es una apuesta fuerte para este negocio menos activo hoy que en otros tiempos, igual que los otros talleres de la casa.

Todos avanzábamos mejor a salvo de la crisis. La diferencia es que, en Mozambique, el progreso asomaba poco y muy mal repartido, cuando las vacas se volvieron flacas.

 

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Toda esa madera abre puertas a la posibilidad de entablar relaciones comerciales con una importante cadena de tiendas de bricolaje.
La carpintería fue uno de los orgullos del Padre José María, fundador de esta gran obra y ausente desde hace poco más de un año. Yo misma, en mi voluntariado del año 2015, le escuché evocar con emoción aquellos tiempos en que las máquinas echaban humo. Puertas, ventanas, camas, cabeceros, pupitres, sillas, mesas, taburetes, pasamanos, aparadores, armarios, estanterías, galerías y ventanas, salieron de estas naves.

25 años después, todos esos enseres se siguen utilizando en las instalaciones de Casa do Gaiato. Su solidez les hace pesados y capaces a la vez de soportar grandes cargas. Nunca han estado parados a pesar de que bajaron los proyectos. Conseguir hacerse un hueco elaborando parquet, podría ser la salvación del negocio.

Nunca han estado parados. Es frecuente ver en muchos restaurantes de Maputo, unas bonitas cajas donde se presenta la cuenta a los clientes, firmadas por Casa do Gaiato. Se fabricaron 300, grabando a corte láser el nombre de la casa, en un proyecto tan artesano como tecnológico. Y, hace un año, les llegó el encargo de amueblar con palés los escaparates de la tienda, Home Center, 6000 metros cuadrados también en la capital. En aquella ocasión, Elisabeth y su equipo trabajaron con Lucia Nuñez diseñadora industrial y antigua voluntaria en Casa do Gaiato.

 

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Hace 10 años que Elisabeth Drolshagen, una religiosa de la Orden de los Sagrados Corazones, asumió la dirección de la carpintería de Casa do Gaiato. Basta una visita a su pequeño despacho para comprobar que cualidades son precisas para dirigir un equipo donde ella es la única mujer al frente de 7 carpinteros, 9 ayudantes y los gaiatos que a partir de 6ª Clase, rotan de forma intermitente para aprender el oficio. “En Mozambique no es tan raro ver a mujeres en cargos directivos, incluso en la política”.

 

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Elisabeth es disciplinada como buena alemana y confía ciegamente en el porvenir imitando a las mujeres africana, siempre en pie, haciendo gala de la resignación más positiva. Lo que en el primer mundo entendemos como, “emprendedoras”, aquí no es más que el día a día. Lo cotidiano es pelear para sobrevivir. ¿Qué otra cosa es, sino emprender, la caminata diaria en busca de agua y leña? ¿Hay mejor máster en economía doméstica que saber multiplicar por maña un puñado de arroz, para que coma una familia entera? Elisabeth habla castellano y portugués, porque ha vivido en la Península Ibérica. Un curso de carpintería en Alemania determinó su oficio, y la hospitalidad de los mozambiqueños, su domicilio actual. Vive en la aldea conocida como, Antiguos Combatientes, a unos 13 kilómetros de Casa do Gaiato con otras religiosas y unas 40 niñas acogidas que estudian en Casa do Gaiato. A las siete están todas aquí.

En la carpintería lo primero es limpiar. Hay que barrer todo ese polvo, astillas, y trozos de tableros, y amontonar el serrín para luego utilizarlo en la higiene de la granja. La economía circular, amigos todos, también podría ser un invento africano.

  

Sol Alonso. Octubre de 2017, en casa do Gaiato de Maputo.

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¡QUE BELLO ES LEER!


“Pasinho a pasinho, de vagar, de vagadinho…


¿Reconocen esta letra? Seguro que sus cabezas se acaban de accionar como un resorte entonando el estribillo más cantado de los últimos tiempos. Acertaron.

Se trata del Despacito de Daddy Yanquee y Luis Fonsi, que con cuatro millones de reproducciones en la red, y cabeza de llista de éxitos en 50 países, no iba a ser una rareza precisamente en Mozambique.
Cuando Bárbara Almeida, la nueva amiga de Casa do Gaiato, planeó con los alumnos de secundaria unas clases extraescolares para convencerles de lo bello que es leer, a todos nos pareció una excelente idea utilizar de inicio letras de canciones muy conocidas por los chicos, para trabajar la comprensión lectora.
Se trata de una sesión semanal con cada clase, empezando a las 8 de la mañana, hasta las 10:30 o más, si entre la concurrencia alguna estrella en ciernes se libera de la timidez adolescente lanzándose a cantar.

 

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Ha sucedido esta mañana con un rap, en boca precisamente de dos gaiatos de 8ºB, Mario y Ednilson, muy populares en su aula, según aseguraba varias compañeras.
No todos son tan atrevidos, ni memorizan tantas letras como la simpática pareja, entonando un canto a la desaprensión, la avaricia, el materialismo y la falta más absoluta de solidaridad.


-Explícanos de qué va esa canción, Mario. Preguntaba Bárbara.


-Habla de aquellas personas que tienen muchas cosas pero quieren tener más y más, sin mirar a esos otros que carecen de todo”.

 

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En la sesión de esta mañana, han surgido de manera espontánea señales de los estereotipos universales sobre la juventud. En efecto, la aportación femenina ha sido muy romántica.

Una joven recitaba la canción titulada, Esquerce o mundo e vem, (olvida el mundo y ven) de la cantante Yasmina, y hasta hemos escuchado composiciones originales como las de la estudiante y futura poeta Yurema.

Pergunte o passarinho o que o foi que te ofendeu. Passarinho não responde. Bandeu asas e marceu.
Por descontado, y además de Despacito, están los infalibles clásicos entre la juventud. Ed Sheeran, y su, Shape of you, temas regee, y mucho rap, “porque no esquivamos asuntos serios como drogas, prostitución o violencia.

"Alertar sobre esos peligros es educativo", explicaba Anita, la maestra de Casa do Gaiato que asiste a las clases como supervisora.

 

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Ya lo ven. Las dudas existenciales propias de la adolescencia no tienen más bandera que la edad.

Sol Alonso

 

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Hemos tenido una visita muy "Ilustre". La esposa del Embajador español en Maputo, Pilar Claveria, (la primera x la derecha) ha venido con un alto representante de la Embajada de Emiratos Árabes.

Han traído provisiones para los meninos. Y el diplomático emiratí ha prometido ayudas para "nuestros" gaiatos.

 

La llegada de alimentos por parte de donaciones privadas es continua y facilita mucho la sostenibilidad del orfanato.

 

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PERDIMOS EL PARTIDO PERO NO LA SONRISA


Hace justo una semana, amanecía el lunes con la satisfacción de saber que
el equipo de Casa do Gaiato pasaba a las semifinales del Torneo Padre
Américo, tras una holgada victoria, 3 a 5, contra los de Massaca.
Siete días después la suerte, contraria en este caso, disipó la alegría.

Los Gaiatos se quedaban a las puertas de la final en un campeonato tan

entrañable para ellos como el Torneo Padre Américo. Fueron los de

Mahanhane, quienes finalmente consiguieron poner su nombre en la final.

 

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Bajo un calor sofocante y un viento que levantaba el polvo rojo del estadio
al ritmo de las patadas de nuestros futbolistas, el encuentro finalizaba con
un empate a uno que hizo necesaria la tanda de penaltis. Si en el
encuentro del día 8, máxima rivalidad, marcaron Ze Pedro, (2), Vitorino,
Ussene y André, éste último vivió el domingo la cara y la cruz de la
moneda al anotar el único gol del equipo Gaiato, y fallar luego un penalti.
Zacarías fue otro de los que no acertaron en el tiro, mandando la pelota
por fuera del poste izquierdo. Helvio y Francisco Mario, expulsado la
semana anterior, resultaron lesionados sin gravedad.
El Torneo anual Padre Américo arrancó en agosto y terminará el próximo
23 de octubre.
La derrota no impidió que una vez finalizado el partido, todos juntos,
gaitaos y afición, degustáramos un delicioso almuerzo a base pollo asado,
arroz, patatas fritas y ensalada de col con zanahoria.
¿Cansados? No tanto. De vue lta a Casa do Gaiato, una llamada de Mamá,
la directora Quiteria Torres, alertó de un incendio muy cerca de la casa.
Apagar ese fuego, por fortuna leve, fue la otra prórroga.
Ánimo Gaiatos, a entrenar para el torneo que viene. Otra vez será.

Sol Alonso
16º de octubre. Massaca. Maputo. Mozambique.

 

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DIARIO DE UNA VOLUNTARIA ( III PARTE)

 

LOS BEBÉS

 


Seas nueva o veterana como voluntaria, hay historias que te punzan más el corazón que otras. La de los bebés me lo han partido.
Cuando llegué, los vecinos de al lado de Casa Esperança, donde vivimos, eran unos gemelitos de 7 meses, Días y Nicolás, y la pequeña Marta de 4 meses. Digo eran porque ya se han ido.


No sabría decirles cuál me gustaba más de los tres. Elegir entre los hermosos ojos azabache y boca en forma de corazón de Martinha, la
sonrisa y desfachatez de Nicolás o la cara de asustado de Días.

Estos “gaiatitos” llegaron unas semanas antes que yo, en pésimas condiciones, con vómitos, diarreas y casi desnutridos. Estar con ellos, achucharlos y quererlos forma parte también de mi voluntariado.

Pero detrás de ellos, hay dramáticas historias de miseria, malos tratos, alcoholismo y del dichoso y maldito bicho africano que se mete en todas partes. Son “seropositivos”.


Días más tarde, Quiteria, la directora de Casa do Gaiato, nos pidió a Sol, mi compañera de voluntariado, y a mí que presenciáramos una reunión. Qué amargo trago, ya les digo que como periodista, pocas veces, he tenido un nudo en la garganta como esa tarde.

Vinieron las madres biológicas de “nuestros” bebés. Primero entró Florencia, la mamá de los gemelos. Tiene 30 años, otros 4 hijos y una enorme cicatriz en la frente debido a un accidente que la dejó también convulsiones. Está escuálida y yo lo habría echado más de 40 años...

Con la mirada en el suelo y una impenetrable tristeza en su rostro, Florencia reconoció que no podía cuidar de Días y Nicolás. Que el npadre de los bebés, alcohólico, no quiso ni registrarlos. Y que el poco dinero que conseguía mendigando por las barracas para la comida de los gemelos, su marido se lo gastaba en bebida.
Florencia había tomado la “decisión” más difícil para una madre: dejar a los niños en adopción.


Cuando mis lágrimas estaban aprisionadas para no delatarme, entró Argentina, la mamá de Marta o Martinha como la llamamos aquí.
Tiene 27 años y lleva un pañuelo verde reteniendo sus trenzas. Su historia no es muy diferente a la de la primera. También tiene 4 hijos de
otro padre y está sin trabajo. El padre de Martinha, de 24 años, no aporta ni un “metical” para el cuidado y tratamiento que necesita su hija.

 

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Caso do Gaiato es un orfanato que acoge a “meninos” a partir de los 3 años. No está preparado ni tiene fondos para cuidar a los 8 bebés que, este año, han sido abandonados y que cada vez son más debido a la crisis que está sufriendo el país.

El centro tiene que contratar a cuidadoras de la aldea, Massaca. Además de comprar la leche de los biberones e incluso las cunas.

De su raquítico presupuesto para los 160 “gaiatos”, tiene que descontar unos 200 euros al mes que vale el cuidado de estos pequeños.

Por eso los bebés no pueden quedarse mucho tiempo aquí.

 

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(nueva mama de Martinha)

Ahora comprenderán por qué esta voluntaria tiene el corazón “partido”.

Contenta porque “nuestros” vecinitos ya viven en su nuevo y cálido hogar, y triste porque sus madres biológicas, como mujeres

africanas, seguro que no han tenido las mismas oportunidades que la mayoría de las mujeres europeas.  

     

                            ANA JIMÉNEZ

 

 
DIARIO DE UNA VOLUNTARIA (II PARTE)
 
 
           Como sigo siendo nueva, me sigo quedando ojiplática con todo lo que veo en Casa do Gaito. Y, aquí, por fin he conocido a un albino africano. En realidad son dos, Luis Joao José y Argentina. Disculpen mi ignorancia pero, como periodista, no había visto a ninguno salvo en reportajes publicados donde mis colegas hablan de sacrificios, conjuros  y magia negra sobre estos rubios pajizos de piel casi transparente.
            Es verdad que a Luis Joao José se le distingue desde lejos. Mires por donde mires lo ves. Es alto y flaco como un esparrago. Tiene 17 años y casi no puede abrir sus pequeños y vidriosos ojos verdes. Hace mucho sol en la explanada donde está la Capela (iglesia) de Casa do Gaiato y, encima, los cristales de sus gafas están rallados. 
 
 
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           Y, a pesar de ser distinto por tener otro color de piel y otro color de pelo, Luis Joao José es un "gaiato" más. Así de simple. Le preguntas cómo se llama su mejor amigo y dice que todos son sus amigos. Aunque al final reconoce que se llama Moisés. Da igual que sólo lleve algo más de un año en el orfanato, él está perfectamente integrado.
 
         No conoció a su madre, el padre falleció hace unos años y su única hermana es albina como él. De lunes a viernes vive en el barrio de Costa do Sol, Maputo, en otra vivienda que el orfanato tiene para jóvenes como él que están a punto de terminar sus estudios de secundaria. Le gustaría estudiar algo relacionado con la medicina.Todos los fines de semana viene hasta aquí, hasta Massaca, la aldea donde está ubicada la Casa do Gaiato para pasarlo con el resto de sus hermanos negros.
 
      El día a día de Luis Joao José es algo más difícil que para el resto de "gaiatos". Necesita cremas de altísima protección que costea este centro para que su delicada piel no se queme por el sol abrasador de África.  Muchas de las personas que sufren albanismo suelen padecer cáncer de piel y severos problemas de visión.
 
 
      Argentina de 11 años va vestida como Caperucita Roja. Su capucha y sus gafitas rojas la esconden del sol. Ella es la única albina de la familia. Sus padres la dejaron al cuidado de los abuelos, quién sabe si por miedo a la estigmatización que los albinos sufren en África. Desde hace un par de años, Argentina vive en un orfanato para niñas porque sus abuelos son muy mayores. Cada día viene a la escuela de Casa de Gaiato donde además  le abastecen de cremas de total protección.
 
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          El albanismo no es más que una alteración genética que se caracteriza por la ausencia congénita de pigmentación de ojos, piel y pelo.  El por qué hay un número tan elevado en África no está claro. Los científicos hablan de la teoría de los "fundadores" y creen que la vecina Tanzania y África Oriental pudo ser la cuna de la mutación genética del albinismo. 
       Hay muchas leyendas negras y de superstición sobre las personas albinas en este continente. Suerte que a estos gaiatos no les importan esos "malditos" conjuros sobre sus hermanos negros de color blanco.
 
 
                                                                                                 Ana Jiménez

 

 

La Fundación Mozambique Sur revalida el Sello ONG Acreditada

La Fundación Mozambique Sur acaba de renovar el Sello ONG Acreditada y con ello nuestro compromiso con la transparencia y las buenas prácticas de gestión, dos ejes fundamentales para la organización. Aspiramos a la excelencia y en el mundo de hoy, en el siglo XXI, eso pasa por alcanzar niveles máximos de transparencia y buenas prácticas.

La renovación del distintivo llega después de que la organización se haya sometido de nuevo al proceso de acreditación y los analistas de la Fundación Lealtad hayan estudiado el periodo 2013-2015 para contrastar el cumplimiento íntegro de los 9 Principios de Transparencia y Buenas Prácticas de gestión. Durante el proceso se han analizado, entre otros puntos, el buen funcionamiento del órgano de gobierno de la ONG para el cumplimiento de sus responsabilidades y el uso eficaz de sus recursos, si la entidad es sostenible y si su comunicación es fiable, así como la coherencia de sus actividades con su misión de interés general.

El Sello ONG Acreditada servirá para que los donantes sigan reconociendo a la Fundación Mozambique Sur como una organización transparente y apoyen su misión, a la cual destinó en 2015 el 82,2% de sus gastos según se desprende del nuevo informe de transparencia que ya se puede consultar en nuestra web.  Asimismo, se detalla que actualmente la ONG cuenta con 12 voluntarios, 239 socios colaboradores y 2 empleados.

 

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