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VOLUNTARIA DE F. MOZAMBIQUE SUR

Soy nueva, nueva como voluntaria y nueva en la Casa do Gaiato. Solo llevo un par de días aquí y todo me sorprende. Y, la verdad, a estos años y con una profesión como la mía, periodista de televisión, es difícil que ya me sorprenda casi nada. Pero los "gaiatos" lo hacen a cada rato, como nada más llegar  cuando me comieron a besos sin conocerme de nada. 

Me llamo Ana Jiménez y voy a compartir mi vida con ellos durante los próximos meses. ¿Lo aguantaré? ¿Aguantaré que me sonrían, me abracen, me den los buenos días, me llamen tía, me cojan de la mano, me digan, cada dos por tres, "obrigado"? Sin ni siquiera preguntarme por mi nombre, ni por qué soy blanca en mundo negro, ni qué les he traído, ni qué les voy a regalar... Difícil de soportar, ¿no?

 

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Aquí todo encaja, todo funciona sin apenas recursos humanos ni personal especializado. El orden, la educación y la disciplina es fundamental para que la Casa do Gaiato marche como un reloj. Los mayores cuidan a los menores. Y, a su vez, los menores a los más pequeños. Este orfanato se ha convertido en un Gran Hermano donde todos hacen de todo.

Lo mismo en el comedor, donde se reparten por turnos la cocina, fregar los platos, poner y quitar las mesas o barrer las migas. Cuesta creer que a las 6' 30 de la mañana (aquí amanece a las 5), a las 12 del mediodia y a las 7 de la tarde los 160 gaiatos estén sentados, puntuales, en casi completo silencio. Ningún adulto ni monitor que vaya detrás gritando que guarden la fila , que no chillen o que no salten por las mesas como tantas veces he oído en nuestros comedores infantiles tan occidentales, tan "civilizados". Sin olvidarme claro de esa sanísima costumbre de que nadie se levanta hasta que no hayan terminado todos. Y, encima, los más pequeños te forran a besos después de cada comida.

 

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Y, si vuelves de excursión y las empleadas domésticas libran porque es fiesta, uno de los gaiatos de 10 años se pone a lavar ropita para los pequeños porque no hay limpia. No pasa nada, nadie llora, nadie patalea. Y, mientras, al lado otro "menino" se lava los dientes. Ninguna madre pesada al lado para recordarle que lo tiene que hacer después de cada comida.

Las habitaciones de estos 160 "enanitos" están limpias y ordenadas como la patena. No hay armarios, no tienen ropa que guardar. La que llevan está muy gastada y descolorida por tantas lavadoras españolas. Los zapatos no siempre encajan en los pies de estos pequeños ni tampoco hacen juego con el estilismo puesto. Qué se le va hacer, aquí no es tendencia. La moda la marca el contenedor que llega desde España cargado de "ilusiones" que otros niños españoles ya tuvieron y usaron.

Lo mismo en el siguiente contenedor pueden incluir somieres, sábanas, toallas, mesillitas de noche y un poco de pintura. Hace tiempo, mucho diría yo, que las habitaciones de Casa do Gaito necesitan un "repasito" como diría mi madre. Una puesta a punto  y tirar esas desvencijadas camas que algún hospital debió guardar en sus sotanos hace décadas y no sé como  han llegado hasta aquí. Jubilar unos cuanto sofás de escai que triunfaron en la época de Los Alcántara pero que, ahora, solo les queda el pellejo de aquel esplendor.

 Casa do Gaito, desde lejos, parece esa granja de África a los pies de las colinas de la que habla "Memorias de África". Pero, de cerca, es un orfanato que tiene que comprar cereales a punto de caducar porque son más baratos. Que el dinero no llega para la leche y cuidados de los bebés que, cada vez, son más. Que con la crisis, maldita crisis, han llegado "las rebajas" de donaciones y subvenciones.

Suerte que estos chavales están acostumbrados a "sacarse las castañas del fuego". Por eso y por que tienen a Quiteria Torres, la directora de Casa do Gaiato, que les guía con la firmeza, sin levantar la voz, y con la ternura que solo una madre de verdad tiene.

Por delante, tres meses para saber si seré capaz de aguantar tantos besos y tantas risas gratis.

 

 

Ana Jiménez 

 

 

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Nombre del proyecto

Integración social a través del deporte en el sur de Mozambique



Objetivos

    • Fomentar del deporte entre los jóvenes como alternativa para desarrollar una vida saludable.
    • Educar en valores a través de actividades deportivas.
    • Promover hábitos saludables de ocio en las aldeas que sirvan de referencia para las nuevas generaciones.
    • Formar a un grupo de jóvenes que puedan crear nuevos grupos de atletismo en sus respectivas aldeas.

 

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Nombre del proyecto

Oportunidades formativas para jóvenes en situación de vulnerabilidad del sur de Mozambique.


Objetivos

  • Dotar de competencias y habilidades profesionales ajóvenes vulnerables para su integración laboral.
  • Aumentar el número de jóvenes formados para el empleo.

 

 


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¡3513 euros conseguidos!

Ya ha finalizado el crowdfunding para enviar nuestro nuevo contenedor solidario de este 2017.

Enviaremos, al área rural del sur de Mozambique, 20 toneladas de ropa, comida, medicamentos, material informático...
Esta acción se repite todos los años y es de vital importancia para apoyar y suplementar la alimentación y salud de más de 150 niños en el orfanato de la Casa do Gaiato.
Con tu ayuda, también apoyaremos los centros escolares de las aldeas aportando material escolar como libros de texto, cuadernos y ordenadores.
Gracias a tu apoyo, un año más, miles de niños van a tener la oportunidad de crecer sanos y recibir una educación digna.

 

https://www.goteo.org/project/rumbo-a-mozambique

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#Runcycle es una campaña solidaria que busca convertir las zapatillas de deporte usadas y en buen estado en nuevas oportunidades para miles de familias de Mozambique.

El objetivo de Runcycle es conseguir 2.000 pares de zapatillas en buenas condiciones para enviarlas a Mozambique, donde hombres, mujeres y niños de diferentes edades puedan reutilizarlas en su día a día.

La campaña estará activa hasta el próximo martes 20 de junio. ¡No esperes al último día para participar y sumar tu granito de arena!

 

Aquí tenéis el link de la campaña para opder imprimir y rellenar el formulario.

 

https://www.runnics.com/es-ES/runcycle

 

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En la Fundación Mozambique Sur creemos que se puede ser solidario y disfrutar al mismo tiempo. Por eso nos esforzamos cada año en ofrecer a los amigos de la fundación diferentes formas de colaborar.

El 2 de diciembre asistimos a la función de teatro "Proceso a un pueblo", inspirada en Las brujas de Salem de Arthur Miller. Un texto estremecedor que nos traslada a un pasado lejano y evoca realidades presentes.

Desde la fundación queremos también informaros sobre la realidad de la gente del sur de Mozambique y hacerlos partícipes y colaboradores de sus logros. 

El grupo de teatro Santiago Rusiñol mantuvo en vilo al público desde el minuto 1 hasta el último aplauso. Comprobamos encantados que este grupo de teatro no tiene nada de aficionado. 

Todo esto fue posible gracias también al Circulo Catalan de Madrid que nos facilitó y apoyó en todo momento.

 

Todo el dinero recaudado se destinarán a los niños más vulnerables del sur de Mozambique. 

El viernes 30 de septiembre falleció en Maputo el Padre José María Ferreira Costa (Gimaraes, 27-11- 1933), rodeado de la familia que creó hace 25 años, la familia gaiata, donde estos días sonreír como de costumbre se hace un poco más difícil. Casa do Gaiato, “una gran familia para los que no tienen familia”.

Resulta complicado despedir a un hombre como él, que deja una huella tan viva en tantas personas, sembrando la esperanza y la bondad, pero también la abnegación y el trabajo. El padre de cientos de muchachos, el amigo de tantas familias, el maestro de decenas de colaboradores y compañeros de trabajo y vida. Todos ellos han seguido al Padre Zé María, Señor Padre, o sencillamente papá. El misionero que hizo de los gaiatos el epicentro de su existencia.

Su obra, Casa do Gaiato de Maputo, es una institución irrepetible, que este año cumple precisamente un cuarto de siglo abonando el camino de enseñanza y formación, vinculando para siempre a alumnos y maestros. Es un hogar y es un colegio. Una escuela de vida que El Padre construyó junto a su hermana del alma, Quiteria Paciencia Torres, con un equipo de personas que creció, como la propia casa, para favorecer no solo a los muchachos huérfanos que allí encontraban su hogar, sino a las miles de familias de las paupérrimas aldeas cercanas, en cuyo beneficio la propia Casa do Gaiato se desdobló en la Fundação Encontro y sus preciosos planes de trabajo y desarrollo comunitario.

-¿Por qué África? Le preguntaban no hace mucho.

-“La Obra da Rua es original de Portugal y data de 1940. Fue el Padre Américo quien la fundó para ocuparse de los niños abandonados. Nació con la filosofía de cuidar, educar, y formar. Solían instalarse en pueblos y aldeas y se llamaron, Casas do Gaiato. En el 89, el Gobierno de Mozambique, incapaz de solucionar el problema de los huérfanos, pidió ayuda a la Obra da Rua, con la que yo trabajaba en Portugal, y fue uno de mis destinos como misionero. No me equivoqué”.

No hace tanto tiempo que el Padre, ya delicado de salud, paseaba por su fazenda del alma, preocupado por los efectos de la pertinaz sequía, interesándose por las obras del aviario, charlando con los carpinteros, señalando aquí y allá. No todos, pero si la mayoría de sus sueños se han cumplido. "Somos una familia para los que no tienen familia. Una familia inmensa y sin fronteras", afirmación que los gaiatos acreditan al practicar la filosofía del Padre y de Quiteria, papá y mamá. “Me gusta cuidar de los hermanos pequeños, enseñarles a atarse los zapatos, como los mayores hicieron conmigo”, resume uno de los muchachos mayores.

A sus seres más queridos, que son muchos, les queda la satisfacción de seguir con su legado, y de aprender la lección más difícil: adaptarse a vivir sin él.

“Solo en Casa do Gaiato he sido capaz de reconocerme como padre. África es el túnel en cuyo final he visto la luz”.

Descanse en paz Padre Ze María. Un hombre bueno.

 

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El plan de esta mañana no puede ser más gustoso. Lino, Paulo Miki, Alexander y José Cidaria, cuatro gaiatos vestidos con el uniforme de la escuela, me guían por las calles de la aldea de Massaca, recorriendo el hoy de lo que fue su ayer. El pasado de los chicos recibe en Casa do Gaiato tanta atención como su presente. Uno ha de saber de dónde viene para dirigir mejor su vida. Son cuatro chicos felices que sueñan con dedicarse al fútbol, la mecánica, o incluso ser policías. De momento son buenos estudiantes, que aprovechan lo que obtienen, y se sueñan a sí mismos como adultos, con familia y casa propia, viviendo en la que consideran su aldea. Justo lo que no han tenido.

 

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Lino tiene 16 años y está en octava clase. Llegó a Casa do Gaiato muy niño, muy enfermo y prácticamente abandonado, a pesar de tener una familia bastante numerosa. De aquella mala salud nos habla, con desconocimiento, un tío del chico que parece ser cabeza de la prole que Lino nos presenta esa mañana: tres de sus diez hermanos, una cuñada, media docena de primos, su sobrinito bebé, de nombre Toni, varios tíos, y una madre no biológica. Podría no ser exactamente así porque los árboles genealógicos en África son puros jeroglíficos.

 

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Arranca el paseo cuando dos chiquillas, tan sorprendidas como nosotros, saltan de la estera colocada en el suelo, para fundirse con Lino en un abrazo. El gaiato, emocionado, se deja querer. “Son mis primas”. Están cuidando de Toni, un lindísimo bebé que Lino coge en brazos ejerciendo por un momento de orgulloso tío. Enseguida llegamos a otra casa. El patio está atestado de gente, y la aparición del chico se festeja con bastante entusiasmo. Sí, son los mismos familiares que no supieron buscar un tratamiento para Lino, seropositivo entonces y sano ahora, gracias a los cuidados que recibió en Casa do Gaiato.

“Estaba muy enfermo”, dice su tío. “No sabíamos de qué, pero no crecía, no engordaba…”
Los suyos le miran ahora con inevitable orgullo, aunque la gran mejoría de Lino no ha sido su obra. Pienso que de estar en su lugar, los celos me matarían por no poderle disfrutar. Ellos se conforman con expresar su gratitud, tantas veces como caben en el rato que dura nuestra visita. Con Lino nos queda aún por conocer otra vivienda.

 

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Ésta es una casa grande, con un salón comedor bien equipado, un frigorífico y dos televisores, tres dormitorios, bastante bien amueblados, un porche amplio, patio trasero y garaje. Una de las estancias fue la habitación de Lino, un buen estudiante que quiere ser futbolista, y regresar a Massaca con su futura familia, en una casa que piensa diseñar a su manera.

 

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Felismina tiene 49 años. Está sentada en la puerta cortando unos pepinos para hacer una ensalada. No es verano en Mozambique, pero para muchos europeos el olor del pepino es indicador del puro estío. Lino nos cuenta que sin ser su madre biológica, es a la última mujer que llamó mamá. Sigue siendo esposa de su padre, casi siempre ausente porque el trabajo le hace vivir en Sudáfrica. Con su único sueldo, y lo que les vaya dando el campo, viven allí ocho personas. Con todo, no es, ni mucho menos, el hogar más apretado que hemos visto.

 

Seguimos ruta. Las casas de Paulo Miki, José Cidária y Alexander están bastante cerca. Los dos primeros, de siete y nueve años, son primos, y solían dormir juntos porque en casa de Miki nunca sobraba una cama libre para él. La puerta está cerrada y las ventanas abiertas. No parece que haya nadie dentro, pero José sabe perfectamente como acceder sin llave. Tras una maniobra veloz, estamos de repente en un salón oscuro donde infinidad de objetos más o menos útiles atestan un aparador con los cristales rotos. Los chicos se acomodan en un sofá que nos enseña las tripas, reclamando inútilmente un tapizado. De pronto, alguien llama desde la casa de al lado.

 

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Familias tan surtidas suelen incluir sin pegas a una vecina fiel. Se llama Ana y tiene dos hijos que han sido compañeros de juegos de los gaiatos. Besos, saludos, frases de admiración… Antes de despedirnos, le pedimos que comunique a Maina, la tía de José, que los niños han venido a visitarla.

 

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Cruzando la carretera, la sorpresa está a las puertas de una infravivienda de una sola estancia. Se llama Rosa y resulta ser hermana mayor de Miki, y prima por tanto de José. Tardan en abrazarse con una timidez que podría esconder tanta nostalgia como miedo, sensaciones posibles en niños con infancias tan intensas. La existencia de Rosa consiste en poco más que ver pasar la vida. No estudia ni trabaja, demasiado tiempo libre sin más tarea que la de averiguar quién le dará este medio día un simple plato de arroz. A la madre de Miki, al parecer, es difícil localizarla cerca en casa. Ni de noche, ni de día.

 

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Nos falta por visitar la vivienda de Alexander, 11 años, el gaiato más reservado de los cuatro. Reconoce su hogar sin titubeos, y se detiene ante una puerta cerrada a cal y canto. No dice nada pero hay gestos tan locuaces o más que las palabras para representar la decepción. Acepta el saludo de su perro Rex, y contempla los montículos de arena y la pila de ladrillos en la parte trasera, indicadores de que la casa en breve estará en obras. Alexander asegura que están construyendo su futura habitación, para cuando pueda regresar junto a sus tíos y sus cuatro hermanos. No tenemos forma de confirmarlo.

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El reloj alerta de la hora del almuerzo. Los estómagos de los muchachos, también. En el camino de regreso paramos en un pequeño colmado para comprar galletas y algo de beber. Alexander reclama mi atención señalando con la mano a una mujer que responde a su saludo. Es su abuelita Aventina, de solo 42 años, que se alegra de encontrarse con su nieto, cuya historia resume como un cuento tantas veces repetido. Niños sin padres, casas sin condiciones, y abuelas con poco o nada que ofrecer. Como si el desamparo no tuviera casi nunca arreglo.

 

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Sol Alonso.
3 meses de voluntariado para Comunicación en Casa do Gaiato.

 

 

 

 

Gracias al apoyo de Clifford Chance estamos desarrollando el proyecto "Financiación para el emprendimiento en el sur de Mozambique" mediante el cual estamos consolidando y mejorando la formación de los gestores de los negocios locales que se han ido poniendo en marcha en los últimos años, así como de ampliar las oportunidades de emprendimiento.

Durante el mes de julio Carlos Baratech, miembro de la plataforma www.vamosaemprender.es, y que cuenta con una amplia experiencia empresarial y en el ámbito de la formación de emprendedores, realizará varios cursos para mejorar las capacidades de las personas de la comunidad, y hará un seguimiento personalizado de cada una de la iniciativas económicas en marcha.

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Para la traducción de los documentos formativos al portugués hemos contado con la inestimable colaboración de Madalena Bobone y de Permondo (traducciones gratuitas de páginas web y de documentos para asociaciones sin fines lucrativos). En concreto, hemos contado con la colaboración de la traductora Amanda Araujo.

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El 20 de enero en la aldea de Mahelane sufrimos la terrible visita de un devastador huracán que derribó nuestras instalaciones. Más de 160 niños se quedaron sin escuela.

En la Fundación Mozambique Sur queremos que todos esos niños vuelvan a tener un techo y una escuela donde proseguir con su educación.

El día 10 de Julio, a las 19h, la Fantástica Neid Rute impartirá una clase magistral de Marrabenta, la danza mozambiqueña.

Tras la clase, los músicos Beto y Joao darán un concierto en directo para que los asistentes puedan poner en práctica lo aprendido anteriormente.

La participación será gratuita. Voluntariamente, quien quiera podrá colaborar económicamente e informarse de las actividades de rehabilitación que se llevarán a cabo gracias al dinero recaudado.

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